REPORTAJE Salvador de Bahía, el corazón alegre de Brasil Diego Fuentes Salvador, la capital del Estado Federado de Bahía, se encuentra en una península que,  junto con la isla de Itaparica, protege la Baía de Todos os Santos de los embates del  Atlántico y hace de ella un puerto natural resguardado. La historia de Brasil tuvo sus  orígenes en esta ciudad que, durante muchos años, fue el centro económico y político  del país. A su puerto se calcula que arribaron entre 3 y 6 millones de esclavos  procedentes de Africa antes de que se aboliera la esclavitud. El centro histórico de la ciudad de Salvador  es un auténtico rincón anclado en el tiempo  y está considerado como el más bonito que ha producido el barroco brasileño. En él se  aprecia el resultado de la prosperidad de la colonia que tuvo lugar a principios del siglo  XVIII. Sus frágiles fachadas dejan entrever, todavía, el antiguo esplendor que la ciudad  tuvo y son un auténtico símbolo de los problemas por los que atraviesa esta gran urbe.  Se considera que más del sesenta por ciento de los habitantes viven en condiciones de  pobreza. La cidade baixa y la cidade alta  Se conoce como Cidade Baixa la parte de la ciudad situada junto al puerto, un centro comercial en el que se  entremezclan altos edificios de pisos y antiguas construcciones. El núcleo de esta zona lo forma la Praça  Cairu, auténtico centro de un sector que ha cambiado su fisonomía en los últimos tiempos. Desde aquí se  obtiene una magnífica vista sobre la Cidade Alta muy reproducida en todos los folletos turísticos de Salvador. En esta amplia plaza, saturada de tráfico, se encuentra también la iglesia de Conceiçào da Praia y el famoso  Mercado Modelo que, tras su destrucción en un incendio en 1984, se ha convertido en una gigantesca tienda de recuerdos para turistas. En uno de sus extremos encontramos también el Elevador Lacerda, un ascensor  que une las dos partes de la ciudad superando los 70 metros de desnivel que hay entre una parte y otra. Con el ascensor se llega a la Cidade Alta, a la praça Tomè de Sousa donde encontramos  el Palacio Municipal, del siglo XVI y el Palacio Río Branco. Desde aquí tomando la Rua  Misericordia se desemboca en la praça da Sè, auténtica puerta del lugar más interesante  que encontramos en Salvador: El Pelourinho. En la praça de Sè encontramos la Casa de Misericordia, un antiguo hospital, la iglesia de  la Misericordia y la Sè (la Catedral), edificada en 1657. En la plaza situada enfrente, el  Terreiro de Jesús, se encuentran las iglesias de Sào Pedro dos Clèrigos y la de la Ordem Terceira de Sào Domingos,  construida en 1731. Un pequeño ejército de vendedores pulula por estas dos plazas ofreciendo toda suerte de artículos a los turistas.  Conocen todas las artimañas de la venta y lo que no consiguen con su simpatía lo logran a base de tesón. Ellos  forman el comité de bienvenida al Pelourinho. El Pelourinho  Pelourinho significa textualmente "picota", es decir, el lugar en el que encadenaban a los esclavos para castigarlos. Todavía hoy,  deambular por las calles de este barrio es hacer un viaje en el tiempo. Las viejas casonas deterioradas y  la falta de cuidados nos hablan de un tiempo en el que la esclavitud marcaba el espíritu de la época. La  plaza del Pelourinho, de forma irregular, parece apretujada entre edificios con fachadas de color que  destilan auténtico sabor colonial. Su suelo empedrado fue originalmente colocado piedra a piedra por los  esclavos de los señores que dominaban las plantaciones cercanas. La iglesia de Nuestra Señora del  Rosario dos Pretos, revocada en azul celeste y situada en el extremo inferior de la plaza, parece querer  cerrar un espacio anclado en el tiempo que se prolonga por las callejuelas que inician una empinada  ascensión. Más allá, en el horizonte de edificios que se perfila desde la plaza, el Convento y la iglesia do  Carmo, la iglesia del Santísimo Sacramento y viejos edificios casi ruinosos llaman la atención de  visitante. Sin embargo, es difícil sustraerse a la tentación de sentarse en las escaleras del centro cultural  Senac, en lo más alto de la plaza, para disfrutar de la panorámica que se abre ante nuestros ojos y  observar el deambular de las gentes de este barrio singular. Porque si el Pelourinho es singular, no lo es  menos el universo de gentes que lo pueblan. Pararse y observarlos es tan interesante como observar la  arquitectura que nos rodea. La historia de estas gentes está tan íntimamente ligada al lugar que edificios  y personas forman una unidad indisoluble. Siguiente Conocer Francia publicidad